HISTORIA DE LA IGLESIA MARONITA

 

Proemio                                                          Fuente: www.maronitas.org

 

Antes de adentrarnos en el tema hemos de decir que la IGLESIA CATÓLICA está compuesta por una gran diversidad de tradiciones procedentes tanto del Oriente como del Occidente.

 

Al hablar de CATÓLICO se ha de entender en dos sentidos:

 

a )Que se está en plena comunión con el Papa de Roma y supeditado a su autoridad; es decir, depende totalmente de la Santa Sede y sigue todas la directrices que derivan de la potestad del Romano Pontífice.

 

b) Que es miembro de la Iglesia cuyas notas son: una, santa, católica y apostólica.

 

Ambos sentidos hay que tenerlos en cuenta, pues hay algunos grupos religiosos o iglesias que se autodenominan católicos pero que no están en comunión con el Papa ni obedecen a su autoridad. “Sienten” pertenecer a la Iglesia Católica, pero no en el sentido de fidelidad al Papa; por tanto, no son católicos.

 

Por contraste, también hay que afirmar que no todo lo CATÓLICO es de tradición latina u occidental, pues hay muchas tradiciones distintas a la tradición romana. No todos los católicos son occidentales.

Al referirse a ORIENTAL muchas personas piensan en la Iglesia Ortodoxa, pero no todos los orientales son ortodoxos. Hay 21 iglesias orientales católicas en total sumisión al Papa. Las iglesias ortodoxas no aceptan la autoridad del Papa, a pesar de que estas venerables iglesias ortodoxas tienen tradiciones comunes con la Iglesia Católica.

 

Cuando se habla de tradición ORIENTAL se remite a las antiguas sedes apostólicas de Antioquía, Alejandría, Jerusalén y Constantinopla, mientras que cuando se habla de tradición OCCIDENTAL se remite a la antigua sede apostólica de Roma.

 

A las iglesias orientales que se separaron de Roma se les llama Iglesias no-calcedonianas (s. V) eIglesias Ortodoxas (s. XI); mientras que a las iglesias occidentales que se separaron de Roma se les llama Iglesias Protestantes o Reformadas (s. XVI).

 

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Antioquía

 

Antioquía (ubicada en la actual Turquía) ha sido siempre una ciudad de apertura, de diálogo y de audaz iniciativa. Se convirtió al cristianismo por la predicación de los discípulos de Jesucristo, y los creyentes se fortalecieron en su fe gracias a los apóstoles Pablo y Bernabé. El mismo san Pedro, primer Papa, fue también el primer obispo de Antioquía hasta que partió a Roma.

 

La iglesia de Antioquía prosperó y extendió su apostolado hasta convertirse en uno de los cinco patriarcados históricos. (N. del t. los cinco patriarcados históricos u originales son: Roma, Constantinopla, Alejandría, Jerusalén y Antioquía).

 

En el año 518 el Patriarca de Antioquía, Severio, fue depuesto de su sede por haber negado las dos naturalezas de Cristo y por haber rechazado los decretos del Concilio de Calcedonia. Le sucedió Pablo, un monje fiel al Papa de Roma; sin embargo, no todos los cristianos de Antioquía aprobaron su nombramiento y en consecuencia, la Iglesia de Antioquía se dividió en dos grupos: los que aceptaron el concilio de Calcedonia (cristianos católicos) y los que no lo aceptaron (cristianos no-calcedonianos). Desde entonces, hubo un Patriarca católico de Antioquía y un Patriarca no-católico.

 

Un siglo más tarde, otra división afectó a la Iglesia de Antioquía, y así quedaron tres patriarcas de Antioquía: el Patriarca calcedoniano o católico, que recayó en un monje maronita, y dos Patriarcas no-calcedonianos, el Patriarca Sirio de Antioquía y el Patriarca Melquita de Antioquía. (N. del t. De estos dos grupos no católicos, algunos miembros retornaron a la fe católica; por eso, actualmente existe la Iglesia Siria católica y la Iglesia Siria no-católica, y la Iglesia Melquita católica y la Iglesia Melquita no-católica).

 

A partir del siglo VII aparecieron en Antioquía otras divisiones, dando origen a cinco comunidades cristianas: los maronitas (católicos), los sirios, los melquitas, los asirios y los armenios. Cada una de estas comunidades tenía para entonces a su propio Patriarca. En el s. XII se añadió otro Patriarca de Antioquía en la persona de un Patriarca Latino.

 

Originalmente la Iglesia de Antioquía, siendo una sola (católica), su jurisdicción abarcaba todo el Oriente, al dividirse se convirtió en varias iglesias; por eso donde había un patriarca, ahora hay varios. Un día la misericordia de Dios atraerá a todos nuevamente a la unidad de un solo rebaño y un solo Pastor. (N. del t. Como la Iglesia Maronita fue la única que siempre ha sido católica es la que, desde san Pedro hasta la fecha, conserva el linaje  del patriarcado de Antioquía. Es por esto que entre los patriarcas católicos el Patriarca Maronita siempre es quien preside el Consejo de Patriarcas Católicos).

 

Los maronitas y el Líbano

 

Los maronitas son los cristianos que se reunieron en torno a un sacerdote y monje llamado Marón y que adoptaron su ejemplar modelo de vida.

 

San Marón, dejando la ciudad, se retiró en soledad a las montañas buscando adorar a Dios, así como desprenderse de las discusiones teológicas que destrozaban la caridad entre los cristianos; no obstante, en su “retiro” del mundo descubrió que su verdadera vocación era la de vivir con los demás, por lo que reanudó sus deberes parroquiales y se dedicó a la enseñanza de la doctrina verdadera. Sus discípulos se incrementaron en número y recibieron el nombre de “maronitas”.

 

San Marón murió en el año 410, pero sus discípulos continuaron su misión. En el año 451 tuvo lugar el Concilio de Calcedonia, donde se definió que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre: dos naturalezas (la humana y la Divina) en una Persona Divina. A partir de aquí comenzó una vida nada fácil para los maronitas, pues defender la fe católica explicitada por dicho concilio les acarreó numerosos enemigos, quienes mostraron sus acérrimos perseguidores. Después del martirio de 350 maronitas en el año 517, en busca de refugio, se fueron desplazando en oleadas sucesivas hacia el sur, a las montañas del Líbano.

 

Para finales del siglo V, poco después del año 451,  numerosos pobladores de Monte Líbano se habían convertido al cristianismo, evangelizados por los discípulos de san Marón. Estos nuevos maronitas le dieron la bienvenida y acogida a sus hermanos que llegaban a ellos huyendo de las persecuciones de Antioquía y sus alrededores.

 

Cuando quedaron aislados por los árabes, y no pudiendo tener contacto con Constantinopla, los maronitas tuvieron la bendición de contar con un monje de nombre Juan, que llegaría a ser el primer Patriarca de Antioquía procedente de entre ellos. Así, san Juan Marón es elegido Patriarca de Antioquía y todo el Oriente en el año 687. Los católicos del Oriente tuvieron en él un protector de la verdadera fe y para la fidelidad al Papa. Sin embargo el emperador de Bizancio, en reproche a la Iglesia y abusando de su autoridad, nombró a sus propios patriarcas y de muchas maneras se entrometió en los asuntos de la Iglesia; por lo tanto los maronitas fueron entonces víctimas de sus atropellos. Para entonces, tienen una batalla en Aimun y el Patriarca tuvo que establecer su sede patriarcal en Kfarhay.

 

Además de san Juan Marón esta sede patriarcal fue sede para varios patriarcas, entre los que están el patriarca san Ciro y el patriarca san Gabriel. Ellos vigilaron de una forma excepcional la pureza doctrinal y la integridad moral de los maronitas. La anáfora de san Juan Marón, de uso en la liturgia maronita, es un brillante testimonio de amor a la Santísima Trinidad que aún se conserva de aquel entonces. En efecto, el atractivo del mundo y sus riquezas, y las persecuciones y las penurias que sufrieron, no pudieron deshacer su sólida fe en Dios: amaban a su Creador y vivían de la lectura de la Palabra Santa.

 

Los patriarcas en Kfarhay

 

En Kfarhay los patriarcas vivieron tiempos muy difíciles. Numerosos de sus hijos espirituales acudían a ellos y con gravosas dificultades llegaban con sus pies cansados hasta Kfarhay, cargando en sus brazos a sus niños, tambaleándose por el peso no sólo de sus bebés sino también por el peso de sus pertenencias que traían desde sus tierras y casas al haber sido expulsados de ellas en Siria y Beqaa. Llegaban ahí, débiles y cansados,  para sobrevivir y protegerse bajo la roca y protección de sus patriarcas y monjes. El distrito de Batroun les abrió sus brazos como una madre hace con sus hijos cuando les da la bienvenida.

 

Así los maronitas dejaron atrás sus años de abundancia y se prepararon para los años de hambre y miseria que vivirían, pero siempre confiados en el amor a Dios. Transformaron las montañas rocosas en tierra fértil donde sembraron trigo y otros cereales, plantaron olivos, viñedos y cerezos y añadieron en sus piadosas oraciones la siguiente intención: “Por la intercesión de tu Santa Madre María, oh Señor, aleja de nosotros tu ira y bendice a esta tierra y a sus habitantes. Pon fin a los conflictos y a las enemistades; aleja las guerras, el saqueo, el hambre y la peste. Ten piedad de nosotros, oh Señor de bondad, en nuestras desgracias. Consuela a los enfermos, ayúdanos en nuestras debilidades, líbranos de la opresión y del destierro. Concede el descanso a nuestros fieles difuntos y permite que vivamos en paz en este mundo y merezcamos estar contigo en tu Reino para glorificarte y darte gracias a ti, a tu Padre y a tu Espíritu Santo, ahora y por los siglos. Amín”.

 

En sus oraciones los maronitas hablaban de sus necesidades y dificultades, del hambre que vivían y de las enfermedades que los aquejaban, de la injusticia y de sus sufrimientos, temas de los cuales estaban muy familiarizados.

 

Después de 251 años de fidelidad a la Iglesia Católica, al Papa y al Patriarca y frente a nuevas dificultades, tuvieron nuevamente, para conservar su lealtad a Dios y su amor a la Virgen, que abandonar la región de Batroun. Soñaban, junto con su santo Patriarca, en volver a su querida Antioquía, y vivir ahí libres de todo tormento. Su Beatitud, el patriarca Juan Pedro II, imaginó que eso podría ser posible e intentó cumplir con este sueño. Una vez que llegaron a Antioquía hizo una invitación a todos los maronitas para que regresaran ahí, pero fue un intento que fracasó. Las recurrentes y violentas persecuciones le obligaron a renunciar a su plan y, “en el 938,  se dirigió, con su pueblo, al corazón del Monte Líbano para refugiarse”, como refiere el patriarca Douaihy sobre él. Finalmente, “se estableció en los cercanías de A’kura” (cfr. Los Anales, 50).

 

Los patriarcas en A’kura

 

La estancia de los patriarcas maronitas en el distrito de Jbeil duró 502 años (del 938 a 1440).

34 patriarcas residieron ahí, cuyos nombres aparece en la lista compilada por el patriarca Douaihy, lista que fue publicada por Rashid Shartuni en 1902:

 

  • 1.Juan Marón Pedro II el Damlassi

  • 2.Juan Pedro I

  • 3.Gregorio Pedro I

  • 4.Esteban Pedro I

  • 5.Marcos Pedro

  • 6.Eusebio Pedro

  • 7.Juan Pedro II de Hama

  • 8.Josué Pedro I

  • 9.David Pedro I

  • 10. Gregorio Pedro II

  • 11. Teofilacto Pedro Habib

  • 12. Josué Pedro II

  • 13. Domit Pedro

  • 14. Isaac Pedro

  • 15. Juan Pedro III

  • 16. Simón Pedro I

  • 17. José Pedro El-Gergess (1110-1120).

  • 18. Pedro Pedro I (1121-1130).

  • 19. Gregorio Pedro I de Halat (1130-1141).

  • 20. Santiago Pedro Ramat (1141-1151).

  • 21. Juan Pedro IV de Lehfed (1151-1154).

  • 22. Pedro Pedro II (1154-1173).

  • 23. Pedro Pedro III de Lehfed (1173-1199).

  • 24. Jeremías Pedro Urmia I de Amshit (1199-1230).

  • 25. Daniel Pedro I de Shamat (1230-1239).

  • 26. Juan Pedro V de Jaye (1239-1245).

  • 27. Simón Pedro II (1245-1277).

  • 28. Daniel Pedro II de Hadshit (1278-1282).

  • 29. Jeremías Pedro Urmia II de Dmalsa (1282-1297).

  • 30. Simón Pedro III (1297-1339).

  • 31. Juan Pedro VI (1339-1357).

  • 32. Gabriel Pedro de Hjula (1357-1367).

  • 33.  Juan Pedro VII (1367-1404).

  • 34. Juan Pedro VIII de Jaje (1404-1445).

 

Sería interesante contestar la siguiente pregunta: “¿cuáles fueron las actividades de estos prelados y lo que se logró con ellas?”. Pero es difícil de responder, pues la historia no ha dejado registro suficiente. Se sabe, sin embargo, que vivieron en lugares inaccesibles y sin caminos bajo el amparo de las majestuosas montañas libanesas. Carecían de los medios adecuados de la época para llevar un adecuado almacenamiento de información y de conocimiento, pero se consideraban, a pesar de tantas carencias, felices de vivir en paz entre sus fieles, atesorando la sana doctrina católica y la fidelidad al Papa de Roma. Añádase a estas carencias que no tuvieron ni siquiera una sede patriarcal fija. Fueron en extremo pobres. Pasaron de Januh hasta Mayfuq, luego a Lehfed, a Habil, regresan a Januh, después van a Kfifan, a Kfarhay, a Kafre, a Januh de nuevo, a Hardine y a Mayfuq otra vez.

 

Si aceptaron vivir una vida en absoluta austeridad y estar, como el anciano padre Abraham, siempre de un lugar a otro, lo fue porque su intención fue el cumplir en todo la voluntad de Dios, ser fieles a la Iglesia de Cristo y a su vicario en la tierra, el Papa, seguir lo pasos de san Marón, su maestro, y así decirle “sí” a Jesucristo en todo.

 

Sus viviendas eran muy humildes, privadas de todo el espectáculo de las riquezas y pompas de la época, pero magníficas en su sencillez y en su desapego al mundo. Sin embargo, “los habitantes devotos de Januh, siendo discípulos piadosos, fieles y buenos, insistieron en una residencia para su patriarca y así construyeron un digno, aunque sobrio, patriarcado en medio de las verdes montañas, quedando una atractiva y sólida construcción” (Douahy, Los Anales, 50).

 

En efecto, la sede patriarcal de Mayfuq, que aún perdura, es una verdadera obra de arte. Si la mayor parte del patriarcado fue dedicada a la iglesia, como es el caso de los otros vestigios de las residencias pasajeras de los patriarcas y que se encuentran dispersos alrededor de toda esta región por donde anduvieron, se debió a que los patriarcas consideraron, por encima de todo, como prioritario a la oración y al culto a Dios, viendo intensos momentos de intimidad con él tanto en la liturgia como en la soledad. De hecho, todos los patriarcas se caracterizaron por tener antes que un comedor o una habitación en sus múltiples hogares, un lugar para la oración. Es decir, preferían orar, que comer o dormir.

 

Años de dificultad

 

Después de la derrota de los cruzados, los maronitas fueron atacados salvajemente por los mamelucos. Sufrieron tal humillación, que sus iglesias se cubrieron de fuego, sus aldeas fueron totalmente saqueadas y todos sus sembradíos destruidos.

 

El siguiente texto escrito por Douahy lo describe de forma muy clara: “el lunes, segundo día de Mharram, el gobernador de Damasco Akush Pasha marchó a la cabeza de un comando militar a las montañas de Kesrouan. Sus soldados invadieron todas estas montañas y las rodearon por todas partes, de tal suerte que llegaron a los lugares más recónditos donde sus habitantes pensaban que eran lugares inalcanzables. El enemigo ocupó las cimas y las simas, las alturas nevadas y los valles profundos, destruyendo toda aldea, sembrados y ganados que encontraron por el camino. Masacraron cruelmente a las personas e hicieron prisioneros a muchos de ellos. Las montañas quedaron desiertas” (Los Anales, 288).

 

Los patriarcas mismos sufrieron cosas indecibles, como ningún otro: uno fue torturado, otro fue violado, otro lo hicieron huir con golpes, a otro lo juzgaron hasta agotarlo mentalmente y otro fue quemado vivo.

 

“En 1282 el patriarca Daniel Pedro II de Hadshit condujo él mismo en persona a un grupo de maronitas en defensa de las familias inocentes contra los soldados de los mamelucos, después que estos hubieran saqueado Juebbeh de Bscharre. Tuvo un éxito y logró unos avances durante cuarenta días antes de llegar a Ehden, pero ahí lo capturaron los mamelucos a base de artimañas... En 1367 el Patriarca Gabriel Pedro de Hjula fue secuestrado de su monasterio de Hujla y fue llevado a Trípoli donde lo quemaron vivo. Su tumba, que aún se conserva, está en Bab El-Ramel a la entrada de Trípoli... En 1402 la situación se tornó horrible, ya que muchos muertos, que habían fallecido de hambre, quedaron si ser sepultados, el fétido olor era de un hedor sepulcral. Fue una tragedia sin parangón” (Douahy: Los Anales, 338).

 

Sin embargo, los maronitas llevaron sus pruebas con una paciencia heroica. Parecían como tierra fértil. Refugiaron a sus patriarcas en el distrito de Jbeil, y por su generosidad y situación, generaron un ambiente que los invitaba a la oración y la meditación.

 

Habían sacado fuerza de sus miserias, paciencia de sus adversidades, alegría de sus tristezas, amor de sus persecuciones; y de la inmensidad del mar Mediterráneo que reflejaba el azul claro del cielo, la virtud de convertir su visión en miras con lejanos horizontes. Se alzaban como cedros del Líbano por encima de los ultrajes infligidos contra ellos. Para ellos, Jbeil fue su huerto de Getsemaní, imprimiendo en él su pureza de corazón y obteniendo el coraje, la sabiduría y la paz de sus conciencias. Leían y releían el Santo Evangelio, lo rumiaban profundamente en sus vidas y de esta forma resurgieron un vez más.

 

Nunca perdieron la esperanza. Dios fue su refugio. Al poner en la balanza lo que habían ganado contra lo que habían perdido como resultado de su fidelidad al Papa apoyando a los cruzados, descubrieron que su balanza se inclinaba a la ganancia, el resultado final fue darse cuenta que Dios era su único refugio; en Él pusieron toda su confianza y, reunidos alrededor de su patriarca, obispos, sacerdotes y monjes descubrieron en el Patriarca a un verdadero Pastor, a su guía en lo civil y en lo espiritual.

 

Después de revisar su situación llamaron a las autoridades civiles de las aldeas, los  muqaddas  (n. del t.: es decir, las autoridades civiles), para que éstos actuaran conforme con los lineamientos del Patriarca y, además, algunas de estas autoridades aceptaron recibir las “órdenes menores” (campanero, lectorado, subdiaconado, etc.) para estar más disponibles en el servicio a la comunidad.

 

Maronitas en Roma

 

El Papa Inocencio III, al encontrarse con Su Beatitud Jeremías Pedro Urmia I de Amshit, un hombre de profunda oración, Patriarca de los maronitas, cuando éste fue a visitarlo con motivo de su viaje a Roma para asistir al Concilio de Letrán en 1215, vio con gran admiración, cuan piadosos eran los maronitas.

 

“El Santo Padre mandó hacer una pintura del Patriarca para la basílica de san Pedro. Cuando por el paso de tiempo había perdió su brillantez dicha pintura, el Papa Inocencio XIII ordenó que fuera restaurada. Esta pintura representa al Patriarca

 

maronita levantado la sagrada Hostia en éxtasis y levitando mientras la tenía en sus manos mientras celebraba la misa en la presencia del Papa” (Douahy: Cronología de los Patriarcas Maronitas, 24).

 

Estos patriarcas no dejaron detrás de ellos grandes obras, como iglesias lujosas, palacios o universidades. Sin embargo, fueron ejemplares, como lo fueron los apóstoles, en el cuidado de sus ovejas, como el padre y la madre con sus hijos, trasmitiéndoles a ellos las enseñanzas de nuestro Señor. Formaron un pueblo lleno de fe, que bendecía a quienes lo insultaban y recio ante las persecuciones. Cuando al fin completaban sus trabajos en algún lugar, tomaban su antorcha y se marchaban a otro lugar para también iluminarlo.

 

Por un espacio de tres siglos los maronitas estuvieron aislados del resto del mundo, arropados entre montañas; y cuando los cruzados irrumpieron en el Medio Oriente descubrieron con grata sorpresa a los maronitas, católicos sumamente fieles al Papa de Roma. La misma Santa Sede quedó estupefacta al saber que continuaban existiendo, y siendo fieles a ella por gracia de Dios, estos católicos que consideraban ya perdidos. De ahí se establecieron unos vínculos sumamente fuertes entre los cruzados y los maronitas, especialmente después de la llegada de san Luis, rey de Francia, al Levante.

 

Durante trece siglos, el Líbano conoció sólo algunas décadas de relativa paz. Los maronitas fueron capaces, incluso, de construir numerosas iglesias, una actividad que el patriarca Douahy recuerda de la siguiente manera: “En ese tiempo, la cristiandad se expandía por todo el Oriente y era abiertamente proclamada. Las campanas de bronce eran tocadas para invitar a la práctica de la fe en la oración y de los Sagrados Misterios. Aquellos que recibieron alguna gracia específica de Dios fundaron monasterios o construyeron iglesias, pues la gente añoraba profundamente servir a Dios todopoderoso y hacer buenas obras. El padre Bassil de Becharre en el muhafazah de Monte Líbano(n. del t.: “muhafazah” significa en árabe ‘Estado’ o ‘Provincia’, es decir, una jurisdicción de un gobernador) tenía tres hermanas: Mariam, Salomé y Tecla. Mariam construyó el santuario de San Sabas en Becharre,  Salomé hizo la iglesia de san Daniel en Hadth y Tecla construyó la iglesia de san Jorge en Bkerkasha y dos iglesias más en Koura...” (Douahy, Los Anales, 104).

 

El Palio

 

A pesar de haber recibido una invitación personal del Vaticano de parte del Papa Eugenio IV para asistir al Concilio de Florencia “el patriarca, imposibilitado por el riesgo del viaje debido a las persecuciones, se vio obligado a mandar, como su delegado, al hermano Juan. Cuando el hermano Juan tuvo su audiencia privada con el Papa, (quien presidía los trabajos del Concilio) el Santo Padre le entregó el “Palio” para que se lo llevara al patriarca en su regreso al Líbano (n. del t.: el “Palio” es un ornamento que desde principios del siglo V llevaban los obispos de Oriente como emblema de su dignidad y oficio pastoral y que años más tarde lo usó el papa y lo comenzó a entregar personalmente él a los obispos metropolitanos [también llamados arzobispos] como símbolo de unidad con Roma). Cuando el tan esperado hermano Juan llegó a Trípoli en Líbano, hubo una gran cantidad de gente para darle la bienvenida; desafortunadamente había también ahi unos soldados enviados por el gobernador musulmán para arrestarlo, debido a que creía que había ido al Concilio de Florencia para organizar un cruzada contra los musulmanes de Siria. El patriarca envió unos emisarios al gobernador para explicarle las verdaderas razones del Concilio y las nobles intenciones del hermano Juan. Después de tantas gestiones diplomáticas no pudieron hacer nada, pero les pidió un soborno (es decir, el gobernador les solicitó dinero para liberar al hermano). Una vez pagado el rescate el hermano Juan pudo continuar con su misión y, acompañado por los emisarios del Patriarca, se dirigió al monasterio de Nuestra Señora de Mayfouk, donde estaba la sede patriarcal, para entregar el Palio al Patriarca y una carta de puño y letra que le enviaba el Papa Eugenio IV. Luego se dirigió a Roma de nuevo, esta vez pasando por Beirut, haciendo caso omiso de su promesa al gobernador de Trípoli, que como es natural se enfureció y envió a sus soldados para detener tanto al Patriarca como a otras de las personalidades destacadas. Al no encontrar a nadie en la residencia patriarcal la saqueó por completo y quemó las casas de sus alrededores incluyendo a sus habitantes a quienes asesinó. Sus hombres no pararon ahí, sino que siguieron en la búsqueda de Su Beatitud destruyendo monasterios, matando monjes y secuestrando a otros tantos para llevarlos cautivos a Trípoli. El Patriarca se vio obligado a dejar el monasterio de Mayfouk y desde entonces vivió bajo la protección de Jacob, quien era Muqaddam de Bsharri" (n. del t.: el “Muqaddam” es una autoridad pública que gobierna o dirige una jurisdicción, como lo es un alcalde o presidente municipal) (Douahy: Los Anales, 210).

 

El Valle de Qannoubine

 

El hermoso “Wadi Qannoubine” (n. del t.: “wadi” significa valle) está rodeado de altas montañas y conforme el caminante desciende en él se ve abrazado por diversos árboles, pequeños y grandes, de rocas abultadas y de senderos de agreste geografía que pasan junto a precipitosos acantilados que sólo permiten ver el cielo como un parche en lo alto del cañón. Al contemplar desde la orilla de alguno de esos caminos entre montañas con profundidades de casi 900 metros, el caminante se siente abrumado por una preciosa sensación de grandeza natural que producen esas barrancas y siente la necesidad, ante el vértigo, de agarrarse de algún tronco que pueda encontrar a su alcance o de alguna peña que lo permita. Un viajero europeo contó que el Patriarca “como el Moisés que surgió de las páginas del Antiguo Testamento, guió a su pueblo a un lugar austero para retirarse entre las rocas”.  Ese lugar entre rocas es el Valle de Qannoubine, en donde se instaló la sede patriarcal en el monasterio que lleva el nombre de Nuestra Señora de Qannoubine y que albergó a 24 patriarcas entre 1440 y 1823. Los patriarcas fueron los siguientes:

 

  • 1. Juan Pedro de Jay (1440-1445)

  • 2. Santiago Pedro de Hadeth (1445-1468)

  • 3. José Pedro de Hadeth (1468-1492)

  • 4. Simón Pedro de Hadeth (1492-1524)

  • 5. Moisés Pedro Akari de Barida (1524-1567)

  • 6. Miguel Pedro Rizzi de Bkoufa (1567-1581)

  • 7. Sarkis Pedro Rizzi de Bkoufa (1581-1596)

  • 8. Jose Pedro Rizz de Bkoufa (1596-1608)

  • 9. Juan Pedro Majluf de Ehden (1608-1633)

  • 10. George Pedro Omaira de Ehden (1633-1644)

  • 11. José Pedro Halib de Akoura (1644-1648)

  • 12. Juan Pedro Bawad de Safra (1648-1656)

  • 13. George Pedro Rizhallah de Bseb’el (1656-1670)

  • 14. Esteban Pedro Douahy de Ehden (1670-1704)

  • 15. Gabriel Pedro de Blaouza (1704-1705)

  • 16. Jacobo Pedro Awad de Hasroun (1705-1733)

  • 17. José Pedro Dergham Khasen de Ghosta (1733-1742)

  • 18. Simón Pedro Awad de Hasroun (1743-1756)

  • 19. Tobías Pedro El-Hazen de Bekaata Canaan (1756-1766)

  • 20. Jose Pedro Estefan de Ghosta (1766-1793)

  • 21. Miguel Pedro Fadel de Beirut (1793-1795)

  • 22. Felipe Pedro Gemayel de Bikfaya (1795-1796)

  • 23. José Pedro Tyan de Beirut (1796-1808)

  • 24. José Pedro Helou de Ghosta (1808-1823)

 

Todos estos hombres fueron hombres temerosos de Dios, fieles siervos de su pueblo. El valle de Qannoubine es testigo de su santidad y de la sinceridad con que buscaron a Dios en la austeridad y la pobreza. La gente decía de ellos: “sus cruces pectorales son de madera, pero sus corazones son de oro”.

 

Hemos de decir aquí que las penurias sufridas por los maronitas no fueron una desgracia, sino una bendición de Dios que les permitió unir sus sufrimientos con sus obispos, monjes y sacerdotes bajo la guía de su patriarca, creando un ambiente de paz y orden.

 

Sin embargo, esto no significa que fueron tiempos ausentes de problemas, como lo expresó un visitante que pasó por Qannoubin en 1475 y que dejó escrito lo siguiente: “Los maronitas son una nación que ha vivido sobre ocupaciones constantes de opresión y tiranía. Por todo el Líbano encontré ruina, lágrimas y terror. Bajo el pretexto de recabar impuestos, llamados el “gezia”, las autoridades despojaban a los campesinos de todas sus pertenencias, los golpeaban brutalmente con palos o los torturaban con el fin de robarles hasta las mas mínima de sus posesiones. Muchos habrían perecido a no ser por su ya anciano patriarca S.B. Santiago Pedro de Hadeth, que vino a su rescate. Aterrado todo el pueblo por las peligrosas amenazas que recibía de los tiranos, el Patriarca con el fin de que dejaran en paz a su pueblo regaló todos los ingresos que percibía la Iglesia para satisfacer la rapacidad de los perseguidores. La puerta del monasterio patriarcal estaba cerrada y el Patriarca hubo de estar escondido en cuevas como estuvieron los papas Urbano y Silvestre” (Marcellin de Civezza, Historie Universelle des Missions Franciscaines, París 1858, vol. 3, p. 209).

 

En este “Wadi Qannoubine” los maronitas escuchaban los santos Evangelios y vivían de ellos. Sus vidas fueron vidas llenas de sacrificio e inspiradas por una fe verdadera, por una gozosa esperanza y por una ardiente caridad, y por estas virtudes teologales sus vidas fueron guiadas. Fueron un ejemplo de unidad y de amor. En el valle de Qannoubine no se vieron “obligados” a rezar, pues en sí mismo este lugar es una invitación al olvido de sí mismo y una invitación a la meditación y a la oración, invitación que los maronitas no rechazaron, pues “perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch. 2, 42). Algunos de ellos sintieron la necesidad de vivir una vida más llena de devoción para la oración; muchos hombres y mujeres buscaron a Dios lejos de los lugares poblados y, pronto, cuevas de entre el valle se convirtieron en ermitas donde devotos ermitaños consagraron sus vidas a una profunda unión con Dios.

 

Los maronitas de ese tiempo estuvieron siempre bajo la amenaza de la hambruna por la falta de cosecha. También bajo la sombra de los saqueos, ataques y vandalismo por donde quiera que tuvieran alguna forma digna de vivir. Pero vivían sin odios ni rencores, pues su anhelo más grande era cumplir la misión cristiana de propagar el amor en el mundo: fueron verdaderos y congruentes apóstoles de Jesucristo. Trabajaban con paciencia y esperanza. Vieron siempre en sus enemigos personas por quienes Jesús había muerto, personas a quienes debían comunicar el mensaje del Evangelio. Crecían tanto en gracia y en virtud que llevó al papa León X, en 1515, aa escribir una emotiva carta para animarlos y donde decía: “han actuado sin que las persecuciones y las dificultades infringidas por los infieles, enemigos de nuestro Salvador, de los herejes y de los cismáticos, hayan podido apartarlos de la fe de Cristo”.

 

Colegio Maronita en Roma

 

El 5 de julio de 1584 el Papa Gregorio XIII bendijo el Colegio Maronita en Roma, satisfaciendo las aspiraciones de la comunidad y abriendo a sus estudiantes una oportunidad de superación. En su Bula de erección de este Colegio el Papa declaró: “Esperamos que los estudiantes de este Colegio en un futuro, después de haber sido formados en la piedad y en la religión verdadera como un árbol de Sión, y con la enseñanza de la Iglesia de Roma, cabeza de todas las iglesias, regresen a su hogar en los Cedros del Líbano al servicio de su comunidad y renueven en su tierra la fe en Dios. Esto es por lo que, con el pleno conocimiento de los hechos y en virtud de nuestra autoridad apostólica, establecemos el Colegio Maronita, donde sus estudiantes deberán aprender una buena conducta, devoción, la doctrina verdadera y todas las virtudes que todo buen cristiano debe tener”.

 

Con la llegada de los primeros estudiantes a Roma, el sueño del Papa se hizo realidad y entera comunidad maronita comenzó a emerger de la sombra, pero sobretodo gozó de los medios necesarios para acceder a Europa y al resto del mundo y fue capaz de jugar un importante papel de mediador entre Oriente y Occidente.

 

Muchos eminentes clérigos fueron formados en este Colegio Maronita; el más destacado de ellos fue el Patriarca Douaihy (n. del t. en 2012 el papa emérito Benedicto XVI lo declaró “venerable”, el paso previo para su beatificación), quien “visitó cada diócesis para elegir santos y educados candidatos para el sacerdocio. Revisó los libros litúrgicos, corrigió los errores introducidos en ellos por los copistas, leyó y adaptó los trabajados de los historiadores tanto occidentales como orientales y escribió varios libros algunos de los cuales aún están sin publicar” (Su Beatitud Jacobo PedroAwad).

 

Otros ínclitos estudiantes digno de mención son Jose Assemani, quien llegara a ser el Archivista de la Biblioteca del Vaticano, Gabriel Sionite, primer profesor en Roma y luego en Paris del Royal College así como el interprete personal del Rey de Francia Luis XIII, Abraham Eccellensis (o Ibrahim Al-Haqilani), distinguido lingüista y traductor de la Biblia al árabe y del Chronicon Orientale de Ibnar-Rahib, y Mirhej Ben Namroun también profesor e interprete-traductor.

 

Los Patriarcas estaban ahora en una posición favorable para propiciar y animar la educación de su pueblo. Como bien se dijo el famoso Sínodo Maronita de 1736: “En el nombre de Jesucristo urgimos a todos ustedes, ordinarios de las diócesis, de los pueblos, de las villas y aldeas, de los monasterios, que trabajen juntos para que alienten este empeño que dará muchísimo fruto. Los responsables de los pueblos deben buscar maestros en cualquier lugar que puedan, tomar los nombres de los niños capaces de aprender y solicitar a sus padres que lleven a sus hijos a la escuela, incluso en contra del capricho de los niños. Si son huérfanos o pobres, permitan que las parroquias o monasterios los alimenten y si no pudiesen, contribuyan con parte de los costos y que sus padres sufraguen el resto” (Sínodo Maronita, 529).

 

A partir de este momento, comunidades religiosas de la Iglesia Latina comenzaron a llegar al Líbano. Los Franciscanos Capuchinos fueron los primeros en llegar en  1626, seguidos por los Carmelitas en 1635 y luego por lo Jesuitas en 1656. Este proceso de establecerse comunidades occidentales en el Líbano ha continuado de forma gradual hasta la fecha.

Bajo la protección del patriarcado maronita estas órdenes religiosas llegaron para ponerse al servicio de los libaneses. Abrieron escuelas en las que jóvenes de otros países iban a estudiar, escuelas que estuvieron a la par en su nivel académico con las mismas escuelas europeas de la época.

 

Las escuelas se fueron abriendo una tras otra, hasta el punto que cada iglesias maronita contaba con la suya. Algunas tuvieron un enorme prestigio como las escuelas de Ain Warka, de Mar Abda y de Haouka. Una vez que los libaneses, en su gran mayoría católicos de rito maronita, hubieron adquirido una buena educación, se colocaron inmediatamente en la vanguardia del progreso intelectual árabe y jugaron un papel de liderazgo en la cultura renacentista del Medio Oriente.

 

Primera Orden Maronita

 

“En 1694 Gabriel Hawa, Abdallah Ben Abdel-Ahad Qara’li y José Ben Albeten fueron a visitar al Patriarca Doauhy para solicitarle su permiso para establecer una comunidad religiosa que pudiera seguir una regla monástica y unas constituciones bajo la autoridad de unos padres superiores que estuvieran bajo la jurisdicción de un superior general. Los miembros de la orden tomarían los votos de pobreza, castidad y obediencia y tomarían como santo patrono a san Antonio Abad, padre del monacato oriental. El Patriarca les dio su voto favorable, les agradeció su iniciativa y los bendijo”(Debs, 253).

 

Bkerke

 

A principios del siglo XVIII los maronitas se vieron divididos en dos corrientes: un grupo que buscaba preservar las seculares tradiciones maronitas y otro grupo que buscaba la latinización para resaltar su fidelidad a Roma.

 

Fue necesario entonces convocar un Sínodo patriarcal para buscar la unidad y sanar las heridas que mutuamente se hicieron y desarraigar cualquier ambición mal sana de ambos grupos. El Sínodo fue abierto en Louaizeh en 1736 y ha sido el sínodo que más ha influido en los maronitas hasta nuestros tiempos.

 

Fue útil para la comunidad, y proveyó lineamientos para terminar el caos y sanar las divisiones. Pero al mismo tiempo limitó la autoridad del Patriarca y favoreció la tendencia liberal de latinización de la liturgia maronita. No proveyó, sin embargo, soluciones definitivas y dejó a la comunidad en condiciones que de ninguna manera fueron del todo sanas.

 

En la región de Jbeil, los maronitas sufrieron hambre, infortunios y privaciones que llevaron con gran paciencia y silencio. Cuando fueron perseguidos por enemigos, ellos afrontaron la lucha y la historia no habla de ninguna protesta de su parte, como si ellos hubieron sido culpables. Sus estrechas condiciones las aceptaron como una penitencia de sus pecados. Cuando los mamelucos descargaron su ira sobre los maronitas, ninguna queja se levantó de bocas. Los muqaddas (n. del tr.: las autoridades civiles) recibieron el subdiaconado como un medio para pasar la página del pasado y aceptar en todo la autoridad del Patriarca.

 

En el “Wadi Qannoubine” los maronitas también padecieron hambruna, privaciones y persecuciones de sus enemigos. Pero aquí ellos se hicieron escuchar. Si en Jbeil optaron por el silencio, en el Valle de Qannoubine no aceptaron ser pisoteados. ¿Sería porque cambio algo en ellos? ¿Seria acaso porque aquí es un refugio mas seguro que Jbeil? Las preguntas no son fáciles de responder, pero lo cierto es que el Valle de Qannobine fue en verdad su único bastión de protección y si lo perdían podrían haberlo perdido todo. Por eso los maronitas se vieron en la necesidad de reaccionar con fuerza y vigor. Los hombres y mujeres devotos a la oración, particularmente a la vida eremítica, incrementaron su número. Abrieron escuelas y floreció el alumnado. Las órdenes religiosas fueron fundadas, y después de la división, se celebró un sínodo. Esta breve recapitulación no fue sin verdad ni casualidad, pues el hecho

 

es que la naturaleza tiene su fuerza propia:  Jbeil es una región de serenidad y una escuela de sabiduría, donde los maronitas aprendieron una mente de paz. Su mar adyacente se extiende con inmensa tranquilidad; mientras que el Valle de Qannoubine es todo un risco de montaña rocosa que se levanta en alturas increíbles y se hunde en profundas pendiente, es una tierra aún con la inscripción de su Creador y una fuente de la Revelación divina y de inspiración para la acción. Ahí los maronitas fueron educados con contundencia y obstinación para convertirse en hombres y mujeres de audaces iniciativas.

 

En el “Wadi Qannoubine” uno siente una fuerte llamada a la oración y a la meditación, al pensamiento y a la acción. Allí, un hombre puede darse cuenta de que es a la vez polvo y espíritu. Siente la fuerza de la tierra y un atractivo turístico que recuerda las palabras de la Sagrada Escritura:"...porque polvo eres al polvo volverás" (Gén. 3, 19). Se siente también la fuerza del espíritu, y otra vez recuerda las palabras de la Biblia: "En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y vacío, la tiniebla cubría la faz del abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre las superficies de las aguas" (Gén. 1, 1-2).

 

En el Valle de Qannoubine “el poeta” es un poeta, “el labrador” es un labrador, y “el cristiano” es un cristiano. En el Valle de Qannoubine, un hombre es conocido por lo que es, ya sea frío o caliente, como se dice en el Apocalipsis de san Juan: "Yo sé lo que has hecho; Yo sé que no eres ni frío ni caliente. Cómo me gustaría que fueras lo uno o lo otro. Pero por cuanto eres tibio, ni frío ni caliente te vomitaré de mi boca ". (Ap. 3, 15 -16). Los maronitas del Valle de Qannoubine no fueron en absoluto frío. Sus dificultades y los sufrimientos los marcaron. Ellos lloraron, pero hicieron un balance de sí mismos, y entraron en una nueva vida. Si Jbeil fue para los maronitas el ”Huerto de los Olivos”,  el Valle de Qannoubine fue su camino al Gólgota (el via Crucis), y allí quedó para ellos sólo y para siempre el triunfo de la Resurrección.

 

En 1823 la sede patriarcal fue trasladado a Dimane para el verano y a Bkerke para el invierno. Los maronitas se pusieron entonces a la espera de encontrar la tranquilidad después de su larga historia de sufrimiento y tribulación. El “Wadi Qannoubine” fue donde el Patriarca se refugió durante el período de grandes dificultades, que duró 383 años (de 1440 a 1823). Como la paz volvió lentamente, los Patriarcas previeron el traslado de su sede a Dimane. El primer patriarca que tomó esta medida fue S.B. Youssef Pedro Hobaish, que ocupó una casa con vistas al valle y que pertenecía a un dueño que tenía la propiedad de una granja al oeste de la aldea. Pero al que se le ocurrió la idea de trasladar el patriarcado para allá fue al Patriarca Hanna Pedro El Hajj, que construyó la residencia patriarcal en Dimane y que hoy por hoy se conoce como la antigua residencia, en el centro de la aldea, mientras que cerca de él se erigió la iglesia de San Juan Marón, que en la actualidad es la iglesia parroquial de la zona.

 

La residencia actual fue obra del Patriarca Elías Pedro Hoayek , quien colocó la primera piedra el 28 de septiembre de 1899. El arquitecto fue un religioso vicentino de nombre Leonardo, que se había planeado previamente la residencia en Bkerke (el patriarca no tenía residencia de invierno , de ahí que se considero la construcción de una en Bkerke).

 

En 1703 , el monasterio de Bkerke fue construido por el jeque Khattar El Khazen. Tenía una iglesia con un pequeño presbiterio. En 1730 se le encomendó al cuidado de la Orden de los Antoninos. En 1750, el obispo Germanos Sakr y sor Hindyieh Oujaymeh lo convirtieron en una casapara la Congregación del Sagrado Corazón. En 1779, cuando por un decreto apostólico se emitió la disolución de la Congregación del Sagrado Corazón, se entregó al Patriarcado Maronita. En 1786 el Sínodo de los Obispos maronitas acordó que el monasterio de Bkerke sería un lugar dependiente de la residencia patriarcal de Qannoubine . En 1890, el Patriarca Hanna Pedro El Hajj lo restauró agrandando la planta baja y construyendo la totalidad de la planta alta. El arquitecto fue el mismo hermano Leonardo.

 

En 1970 Su Beatitud Paul Pedro cardenal Meouchi modernizó el patriarcado y le hizo varias restauraciones importantes. En 1982 Su Beatitud Antonio Pedro cardenal Khoraish construyó la actual entrada principal y en 1995 Su Beatitud Nasrallah Pedro cardenal Sfeir construyó un nuevo edificio destinado para los archivos, exposiciones patriarcales y eventos litúrgicos, culturales y sociales.

 

También hizo un cementerio para los patriarcas y remodeló la iglesia patriarcal en la que coloco unos hermosos vitrales.

 

A la fecha, diez patriarcas han utilizado como residencia patriarcal de verano la sede de Dimane: S.B. José Pedro Hobaish de Sahel Alma (1823-1845), S.B. José Pedro el Khazen de Ajaltoun (1845-1854), S.B. Pablo Pedro Massad de Ashkout (1854-1890), S.B. Hanna Pedro El Hajj de Dlebta (1890-1898), S.B. Elías Pedro Hoayek de Hilta (1898-1931), S.B. Antonio Pedro Arida (1932-1955), S.B. Paul Pedro card. Meouchi de Djezzin (1955-1975), S.B. Antonio Pedro card. Khoraish de Ain Ibl (1975-1986), S.B. Nasrallah Pedro card. Sfeir de Reyfoun (1986-2011) y S.B. Bechara Pedro card. Rai de Himlaya (2011-actual patriarca).

 

Todos estos patriarcas han llevado sobre sus hombros una pesada carga y han trabajado incansablemente por la unidad de su rebaño. Les ha tocado promover y consolidad la independencia del Líbano.

 

En efecto, a pesar de la invasión de los mamelucos y de la dura ocupación otomana, los maronitas han luchado siempre por preservar su autonomía. Su patriarcado rechazó el decreto en virtud del cual la “Sublime Puerta” quería reconocer al Patriarca, ya que siempre han estado al frente del Líbano hacia la independencia total y hacia la búsqueda de preservar todo lo que han logrado a lo largo de su historia y no necesitaban ningún “indulgente” decreto de reconocimiento pues su libertad le es propia.

 

Independencia del Líbano

 

La independencia del Líbano no fue fácil de conseguir. Después de la retirada de los otomanos, las divergentes orientaciones políticas de las diecisiete comunidades libanesas hicieron un acuerdo entre ellas que parecía difícil de lograr. Este difícil acuerdo se logró gracias a que cada uno de los patriarcas maronitas en turno fue consciente de que su misión era la de ser un apóstol de la paz. Su presencia se pudo sentir en todas partes y el apoyo a todos los esfuerzos por el bien público y la justicia social fueron palpables. Todos los libaneses confiaron en los patriarcas, porque sabían de su santidad y de que eran los únicos capaces de lograr la unidad y la independencia nacional. En 1919 el Patriarca Elías Pedro Hoayek, representando al pueblo libanés, fue a la Conferencia de Paz de Versalles para exigir la independencia en su nombre. El Patriarca expuso claramente en Versalles los problemas del Líbano y negoció su independencia ante todos los representantes del mundo con tal eficacia que cumplió su misión. Él estableció el futuro del Líbano sobre una base firme y obtuvo el éxito esperado a las aspiraciones nacionales.

 

Los Patriarcas que sucedieron a Su Beatitud Elías Pedro Hoayek siguieron su ejemplo. Una muestra de ello son las célebres frases de los famosos “¡no!” pronunciados por ellos:

 

-“¡No a los monopolios!", del Patriarca Arida;

 

-“¡No a la injusticia, pues sin justicia no hay paz, sin paz no hay diálogo y sin diálogo no hay comprensión", de Patriarca Meouchi;

 

-"¡No a la lucha fratricida, no a la guerra!", del Patriarca Khoraish;

 

-"¡No a la hegemonía absurda!", del Patriarca Sfeir.

 

Son los “¡no!” que siempre han sido un "¡sí!":  “sí a la soberanía” y  “sí a la libertad de decisión”. Estos patriarcas miraron más allá de los estrechos confines regionales y trabajaron no sólo en nombre de los cristianos, sino en nombre de todos los libaneses incluso de los no creyentes. Con este espíritu ayudaron a fortalecer la unidad nacional y la comprensión mutua entre las comunidades. Esto resultó ser una fuente de riqueza para el país que permitió al Líbano girar hacia una era de desarrollo. (Nota bene: la independencia del Líbano se celebra el día 22 de noviembre).

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