“Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”

San Cesáreo de Arles (470-543)

monje y obispo

Sermón 32, 1-3; SC 243


#maronitas


Dios acepta nuestras ofrendas de dinero y se agrada de las dádivas que hacemos a los pobres, pero con una condición: que todo pecador, al ofrecer a Dios su dinero, le ofrezca al mismo tiempo su alma. Cuando dice nuestro Señor: “Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17), qué parece decir sino: “Así como se paga al César con su propia imagen en una moneda, así se paga a Dios con la imagen de Dios dentro de vosotros” (cf. Gn 1,26).


Por eso, como ya hemos dicho en numerosas ocasiones, cuando damos dinero a los pobres ofrezcamos nuestra alma a Dios para que, donde está nuestro tesoro, allí esté también nuestro corazón. De hecho, ¿por qué Dios nos pide que demos dinero? Sin duda porque sabe el amor especial que le tenemos, que siempre estamos pensando en él y que, donde está nuestro dinero, también está nuestro corazón. Por eso Dios nos exhorta a completar nuestro tesoro en el cielo dándolo a los pobres; es para que nuestro corazón siga donde ya hemos enviado nuestro tesoro y que, cuando el sacerdote diga: “Levantad vuestros corazones”, respondamos con la conciencia tranquila: “Los elevamos al Señor”.

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