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"Hoy ha llegado la salvación a esta casa"

San Agustín (354-430)

Obispo de Hipona (Norte de África) y Doctor de la Iglesia

Carta 98, 9


A medida que se acerca el tiempo pascual decimos sin pensar: “Mañana es la Pasión del Señor” y, sin embargo, han pasado muchos años desde que el Señor experimentó su Pasión, que se realizó una vez para siempre (Heb 9, 26).


También este domingo podemos decir con razón: “El Señor ha resucitado hoy”, aunque hayan pasado muchos años desde que Cristo resucitó. Entonces ¿por qué nadie viene a culparnos de este “hoy” como si fuera mentira?

¿No será porque decimos “hoy” porque este día representa el regreso, en el transcurso del tiempo, del día en que tuvo lugar el acontecimiento que conmemoramos?


Tenemos razón al decir “hoy”: hoy, efectivamente, el acontecimiento que tuvo lugar hace tanto tiempo se cumple con nuestra celebración del misterio. Cristo en sí mismo fue sacrificado una vez por todas; sin embargo, Él es sacrificado hoy en el misterio que celebramos, no sólo en cada fiesta pascual sino todos los días, por todos los hombres. No se trata, pues, de mentir, sino de afirmar: “Cristo es hoy sacrificado”. Porque si los sacramentos que cumplimos no tuvieran una semejanza genuina con la realidad de la que son signo, no serían sacramentos.

Pero es precisamente esta semejanza la que nos permite llamarlos con el mismo nombre que la realidad de la que son signo. Y así el sacramento del cuerpo de Cristo que celebramos es, de alguna manera, el cuerpo de Cristo; el misterio de la sangre de Cristo que cumplimos es la sangre de Cristo. El misterio sacramental de la fe es la realidad en la que creemos.

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