"La palabra que oís no es mía sino del Padre que me envió"

San Juan de la Cruz (1542-1591)

Carmelita, Doctor de la Iglesia

La Subida del Monte Carmelo, Libro 2, cap. 22 (trad. © Provincia de Washington de los Frailes Carmelitas Descalzos, Inc.)


#maronitas
“Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia: a Él oíd” (Mt 17,5),

La principal razón en la Ley Antigua por la que las consultas hechas a Dios eran lícitas, y los profetas y sacerdotes deseaban apropiadamente de él visiones y revelaciones, era que en ese tiempo la fe aún no estaba perfectamente cimentada, ni la ley evangélica establecida. Pero en esta era de gracia, ahora… no hay razón para preguntarle de esta manera, o esperar que responda como antes. Al darnos a su Hijo, su única Palabra (pues no tiene otra), nos lo ha dicho todo a la vez en esta única Palabra, y no tiene más que decir. Este es el sentido de aquel pasaje donde San Pablo dice a los Hebreos: “Dios habló en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas de muchas maneras y maneras, ahora, finalmente, en estos días nos ha hablado a todos a la vez en su Hijo ” (Hebreos 1,1-2).


Aquellos que ahora desean cuestionar a Dios o recibir alguna visión o revelación son culpables no solo de una conducta necia sino también de ofenderlo al no fijar su mirada enteramente en Cristo y al vivir con el deseo de alguna otra novedad. Dios podría responder así: “Si ya te he dicho todas las cosas en mi Palabra, Hijo mío, y si no tengo otra palabra, ¿qué respuesta o revelación puedo hacerte ahora que supere esto? Fijad sólo en él vuestros ojos porque en Él he hablado y revelado todo y en Él descubriréis aún más de lo que pedís y deseáis. Aquel día en que descendí con mi Espíritu sobre el monte Tabor proclamando: “Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia: a él oíd” (Mt 17,5), abandoné estos métodos de responder y de enseñar. Oídlo porque ya no tengo fe que revelar ni verdades que manifestar. Si hablé antes fue para prometer a Cristo. Si me preguntaban, sus preguntas estaban relacionadas con sus peticiones y anhelos de Cristo en quien habían de obtener todo bien, como ahora se explica en toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles.

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