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  • Parroquia Maronita de San Chárbel

XI MENSAJE CUARESMAL DEL PATRIARCA MARONITA

Updated: Feb 12

CUARESMA EN TIEMPO DE LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS


Fuente en español: www.maronitas.org


Patriarcado Maronita de Antioquía y de todo el Oriente

Bkerke - Líbano



XI Mensaje de Cuaresma

Patriarca Cardenal Mar Bechara Pedro Rai

Cuaresma en tiempo de la pandemia del Coronavirus

Bkerke 2021

A nuestros venerables hermanos obispos,

y a los reverendísimos Superiores y Superioras Generales,

y a los respetados sacerdotes, monjes y monjas,

y al resto de los fieles de nuestra Iglesia Maronita en el Líbano, en el territorio patriarca, y a nuestros amados países de la expansión,

la paz en el Señor Jesús y la bendición Apostólica

En mi mensaje me dirijo sobre la ley del ayuno y sobre las orientaciones para su práctica.


Primero: La ley del ayuno


1. La ley del ayuno es antigua y es anterior al judaísmo, al cristianismo y al Islam, ya que acompañaba a todos los pueblos. Encontramos mucho sobre él en escritos y grabados de las religiones romana, griega y de las religiones del antiguo Oriente. Fue una expresión de arrepentimiento y una solicitud de misericordia divina durante la adversidad, incluidas las enfermedades, plagas, injusticias, persecuciones y guerras. El ayuno era una necesidad y un deber de todos, que el grupo asumía con el compromiso de sus miembros.


He ahí el profeta Joel, por ejemplo, comunica al pueblo la Palabra del Señor: “vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo” (Joel 2,12-13).


2. El ayuno, en la Biblia, iba acompañado con varias situaciones. La gente solía ayunar cuando sentía la necesidad de Dios: de consuelo en el dolor extremo, de perdón en el arrepentimiento de pecados graves, de liberación en los grandes desastres y plagas, de liberación del yugo de la opresión. Y la gente habituaba ayunar y orar cuando Dios les advertía, a través de los profetas, de golpearlos con plagas por hundirse en los pecados y no querer arrepentirse.

3. El ayuno, acompañado por el arrepentimiento del corazón, calma la ira de Dios por los pecados del pueblo. Tenemos la mejor evidencia cuando, en nombre de Dios, el profeta Jonás llamó al pueblo de Nínive, la gran ciudad, clamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruída». Entonces «los habitantes de Nínive creyeron en Dios, convocaron un ayuno y se vistieron de saco del mayor al más pequeño. Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se quitó el manto, se cubrió de saco y se sentó en la ceniza. Y mandó pregonar y decir en Nínive, por decreto del rey y de sus magnates, lo siguiente: “hombre y bestias, vacas y ovejas, que no prueben nada, ni pasten, ni beban agua. Que hombres y bestias se cubran de saco y clamen a Dios con fuerza. Que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia de sus manos. ¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ardor de su ira, y no pereceremos nosotros”. Dios miró sus obras, cómo se convertían de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había dicho que les iba a hacer, y no lo hizo» (Jonás 3).

Es a través del ayuno, junto con la fe y la oración, con lo que alcanzamos la misericordia de Dios. Esto significa que el ayuno, en sí mismo, no tiene un efecto mágico. Cuando el Señor Jesús increpó al demonio y lo hizo salir de un muchacho a quien atormentaba, los discípulos le preguntaron: «¿por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?», y él les respondió: «por su poca fe, porque esta raza de demonios no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración y el ayuno» (cf. Mt 17, 18-21).


4. Los pecados se han multiplicado en el mundo, sin ningún arrepentimiento; el mal se propagó, así como la pandemia del coronavirus se propagó y se extendió por todo el globo terrestre y lo inmovilizó, afectó a miles y miles de personas de varias edades. La medicina y la investigación científica se vieron incapaces para controlarla y encontrarle una cura a fin de erradicarla eficazmente.


La pandemia del coronavirus es una ocasión que nos obliga a todos a expiar los pecados y los males que están en el mundo, y a suplicar a Dios para que tenga misericordia de nosotros y de toda la humanidad, diciendo: «Date prisa, oh Señor, para socorrernos, no te alejes, oh Señor; ten piedad Señor, ten piedad de tu pueblo».


De hecho, Nuestro Señor Jesucristo nos exhortó, antes de comenzar su ministerio público, a la conversión y a creer en el Evangelio (cf. Mc 1, 15); y ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches para expiar los pecados de la humanidad. Satanás lo tentó tres veces, pero el Señor lo derrotó por el poder de la Palabra de Dios (cf. Mt 4, 1-11); y nos dio ejemplo en el ayuno, en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios y en la conversión a él en frente a las tentaciones y seducciones.

5. En el Sermón de la Montaña, el Señor Jesús juntó entre la limosna, la oración y el ayuno (cf. Mt 6, 1-18).


Con la limosna, restauramos nuestra relación con nuestros hermanos, ayudándolos en sus necesidades, pues les damos lo que le es suyo, ya que «Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres» (Gaudium et Spes, 69). Ayudarlos es «un deber por título de justicia» (Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, 8). En cuanto a abstenernos de compartir con los pobres nuestros bienes privados es, según una expresión de san Juan Crisóstomo, «robarles sus derechos, quitarles la vida y los bienes que son de ellos».


Con la oración, restauramos nuestra relación con Dios, porque con ella elevamos el alma a Él, nos ponemos de pie ante Su presencia y contemplamos la realidad actual de nuestra vida, subrayando las luces de la santidad de Dios. Nos damos cuenta de que nuestra vida está teñida de muchos pecados e imperfecciones, descuido de los deberes, abuso y maltrato a los demás, y así la elevamos una oración de alabanza a Dios, de arrepentimiento, de súplica de su perdón, de su misericordia, y de petición de su gracia para que nos fortalezca en nuestras buenas intenciones.


Con el ayuno, restauramos nuestra relación con nosotros mismos. Al ayunar expiamos nuestros pecados, sometemos nuestra voluntad, limitamos nuestras inclinaciones desviadas y dominamos nuestros sentidos. Nuestra abstinencia voluntaria de alimentos y nuestra sensación de hambre temporal nos llevan a pensar en aquellos que padecen de hambre permanente, por lo que debemos ayudarles a salir de su hambre. La regla es que lo que ahorramos de nuestros gastos con nuestro ayuno lo demos en ayuda a nuestros hermanos para sus necesidades. En este momento, quisiera saludar y agradecer a todos aquellos que toman iniciativas individuales o colectivas, y a los que participan en las campañas de la Cáritas-Líbano, el organismo oficial y social de la Iglesia, o participan con la Cruz Roja o con otras organizaciones y asociaciones caritativas, así como quienes participan en sus parroquia e instituciones. Y no debemos olvidar que las necesidades de nuestro pueblo, hoy, son materiales, espirituales, morales y culturales.

Segundo: Medidas relacionadas con la ley del ayuno y la abstinencia


6. El ayuno consiste en abstenerse de comer alimento desde la medianoche hasta el mediodía, con la posibilidad de beber únicamente agua, desde el Lunes de Ceniza (15 de febrero) hasta el Sábado de la Luz (8 de abril), con la excepción de los siguientes días festivos: San Juan Marón (2 de marzo), 40 mártires (9 de marzo), San José (19 de marzo) y la Anunciación a la Virgen María (25 de marzo); y también se exceptúan los sábados y domingos, según las enseñanzas de las Constituciones Apostólicas (año 380). El sábado es el memorial de la creación, y el domingo es el memorial de la resurrección.Estas leyes excluyen el Sábado de la Luz «porque el día en que el Creador estuvo sepultado, no está bien alegrarse y festejar, porque el Creador sobrepasa a todas sus criaturas por naturaleza y honor».


7. La abstinencia es el dejar de comer carne y lácteos durante toda la Semana Santa y todos los viernes del año, excepto en el tiempo entre la Pascua y Pentecostés, en Navidad, en Epifanía. Las fiestas litúrgicas en las que es obligatorio participar en la Santa Misa, tales como: Navidad, Epifanía (Bautismo), la Presentación de Jesús en el Templo, San Marón, San José, la Ascensión, los Apóstoles Pedro y Pablo, la Transfiguración, la Asunción de María, la Exaltación de la Santa Cruz, Todos los santos, la Inmaculada Concepción y la fiesta del Patrono de la parroquia.


8. La abstinencia según una antigua costumbre de piedad conservada en todas las Iglesias orientales, católicas y ortodoxas, se practica en preparación a ciertas fiestas específicas, como son: la Navidad, aunque la hemos limitado para facilidad de los fieles, del 16 al 24 de diciembre, en las vísperas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo del 21 al 28 de junio, y en preparación para la Asunción de María a los Cielos del 7 al 14 de agosto.


9. El ayuno eucarístico es abstenerse de comer a partir de la medianoche hasta la Comunión, o por lo menos una hora antes, como preparación para unirse con el Señor comulgando su Cuerpo y su Sangre.


Conclusión

10. La Iglesia organizó el tiempo de la gran Cuaresma para antes de la pasión, muerte y resurrección de Cristo Redentor, considerado como un tiempo de preparación y de espera del encuentro con el Esposo Divino, Salvador del mundo y Redentor del hombre, y para cruzar con Él a una vida nueva. La resurrección es el principal acontecimiento y hace que Cristo, el Señor, esté siempre presente con nosotros.


Esto es lo que entendemos de aquel diálogo que san Mateo cita en su Evangelio: «Entonces se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayudan?”. Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar de duelo mientras el esposo está con ello? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán”» (Mt 9, 14-15).


Desde la misma perspectiva se nos manifiesta el sentido de la abstinencia antes de las fiestas: de Navidad, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los Cielos, porque estas fiestas exigen una preparación espiritual para obtener sus gracias y entrar en sus alegrías.


Le pedimos a Dios, por intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, que acepte nuestro ayuno y sane a los afectados por la pandemia del Coronavirus, y para que sea exterminada por el poder de Su resurrección y la abundancia de Su misericordia.


Con mis constantes oraciones y afecto.


En nuestra sede de Bkerke, el día 11 de febrero de 2021.


Cardenal Bechara Pedro Rai

Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente.


Texto original:


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