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“Yo vine al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no quede en tinieblas” (Jn 12,46)


#maronitas

San Sofronio de Jerusalén (?-639)

monje, obispo

Sermón para la Fiesta de la Purificación


Vayamos al encuentro de Cristo todos los que honramos y veneramos con fervor su misterio; caminemos hacia él con todo nuestro corazón. Que todos sin excepción participen de este encuentro y que todos traigan consigo sus luces. Si nuestras velas dan tal brillo es ante todo para demostrar el resplandor divino de Aquel que viene, Aquel que hace resplandecer al mundo entero y lo baña con una luz eterna, disipando las tinieblas del mal. Pero es también, y sobre todo, mostrar con qué claridad de alma debemos ir nosotros mismos al encuentro de Cristo.


En efecto, así como la Madre de Dios, la Virgen purísima, llevó en sus brazos la verdadera luz para salir al encuentro de “los que yacían en tinieblas” (cf. Is 9,1; Lc 1,79), así nosotros, iluminados por sus rayos y llevando en las manos una luz que todos puedan ver, apresúrense al encuentro con Cristo.


Es claro que este misterio es nuestro, ya que “la luz vino al mundo” (Jn 1,9) y lo iluminó cuando estaba bañado en sombras y ya que “nos visitó desde lo alto el alba” (Lc 1, 78)... Así que corramos juntos; vayamos todos a este encuentro con Dios... Que todos seamos iluminados por él, hermanos míos; que todos seamos radiantes por ella. Que ninguno de nosotros quede fuera de esta luz como un extraño, ni ninguno de nosotros insista en permanecer sumergido en la oscuridad.


Avancemos más bien hacia el brillo; vayamos radiantes a su encuentro y recibamos, junto con el anciano Simeón, esta luz gloriosa y eterna. Junto con él alegrémonos con todo el corazón y cantemos un himno de acción de gracias a Dios, Padre de las luces (Stg 1,17), que nos ha enviado el verdadero resplandor para sacarnos de las tinieblas y hacernos resplandecer.


La salvación de Dios, “que él ha preparado a la vista de todos los pueblos” y manifestada para nuestra gloria como el nuevo Israel, ¡he aquí! también nosotros “lo hemos visto” (Lc 2,30ss.) a nuestra vez, gracias a Cristo. Y de repente fuimos librados de la noche de nuestros pecados, así como Simeón, cuando vio a Cristo, fue librado de las ataduras de esta vida presente.

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