“Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad"

Concilio Vaticano II

Constitución sobre la Iglesia « Lumen gentium », §4 y 12 (©Libreria Vaticana editrice, alt.)


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Por el Espíritu de Vida, “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14), el Padre da vida a los hombres, muertos en el pecado, hasta que, en Cristo, da vida a sus cuerpos mortales. (Rom 8,11) El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles, como en un templo (1Cor 3,16). En ellos ora por ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos (Gal 4,6). A la Iglesia, a la que el Espíritu guía por el camino de toda verdad ya la que unificó en la comunión y en las obras del ministerio, la equipa y dirige con dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con sus frutos. Por el poder del Evangelio hace que la Iglesia conserve la frescura de la juventud. Ininterrumpidamente la renueva y la lleva a la unión perfecta con su Esposo. El Espíritu y la Esposa dicen ambos a Jesús, el Señor: "¡Ven!" (Ap 22,17).


Todo el cuerpo de los fieles, ungidos como están por el Santo, no pueden errar en materia de fe. Manifiestan esta propiedad especial por medio del discernimiento sobrenatural de todo el pueblo en materia de fe cuando "desde los obispos hasta los últimos fieles laicos" (San Agustín) muestran un acuerdo universal en materia de fe y moral. Ese discernimiento en materia de fe es suscitado y sostenido por el Espíritu de verdad. Se ejerce bajo la guía del sagrado magisterio, en la obediencia fiel y respetuosa a la que el pueblo de Dios acoge lo que no es sólo palabra de hombres, sino verdaderamente palabra de Dios. (1Tes 2,13). A través de él, el pueblo de Dios se adhiere inquebrantablemente a la fe dada una vez por todas a los santos (Jud 3), la penetra más profundamente con recto pensar y la aplica más plenamente en su vida.


No es sólo a través de los sacramentos y de los ministerios de la Iglesia que el Espíritu Santo santifica y conduce al pueblo de Dios y lo enriquece con virtudes, sino, "repartiendo sus dones a cada uno según su voluntad" (1Cor 12,11), distribuye gracias especiales entre los fieles de todos los rangos, y por estos dones los hace aptos y preparados para asumir las diversas tareas y oficios que contribuyen a la renovación y edificación de la Iglesia, según las palabras del Apóstol: "La manifestación del Espíritu es dada a todos para provecho de todos" (1Cor 12,7).

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