"Dios ungió con el Espíritu Santo y poder a Jesús de Nazaret" (Hechos 10,38)


Fausto de Roma (segunda mitad del siglo IV)

sacerdote

Tratado de la Trinidad


Nuestro Salvador se hizo Cristo, o Mesías, en su encarnación y sigue siendo verdadero rey y verdadero sacerdote. Entre los israelitas, los sacerdotes y los reyes recibían la unción con aceite; fueron llamados "ungidos" o "cristos". Mientras que nuestro Salvador, que en realidad es el Cristo, fue consagrado por la unción del Espíritu Santo.


Sabemos que esto es cierto por el mismo Salvador. Cuando tomó el libro de Isaías, lo abrió y leyó allí: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido", luego declaró que esta profecía ya se había cumplido para aquellos que la escucharon. También Pedro, el príncipe de los apóstoles, nos ha enseñado que este santo óleo, este crisma, a través del cual el Señor se reveló como Cristo, es el Espíritu Santo, también conocido como el poder de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, cuando habla a aquel hombre lleno de fe y de compasión que era el centurión, le dice: “Esto comenzó en Galilea después del bautismo que predicó Juan. Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder. Por donde iba, hacía milagros y prodigios y libraba a todos los que habían caído en poder del diablo» (10,37s).


Como ven, Pedro dijo lo mismo: Este Jesús, en su encarnación, recibió la unción que "lo consagró con el Espíritu Santo y poder". Por eso el mismo Jesús, en su encarnación, se ha hecho Cristo, a quien la unción del Espíritu Santo ha hecho rey y sacerdote para siempre.

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