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«Bienaventurados vosotros los pobres»


#maronitas

León XIII

Papa de 1878 a 1903

Carta Encíclica Rerum Novarum


En cuanto a aquellos que no poseen los dones de la fortuna, la Iglesia les enseña que a los ojos de Dios la pobreza no es una vergüenza y que no hay nada de qué avergonzarse de ganarse el pan con el trabajo. Esto se ve reforzado por lo que vemos en el mismo Jesucristo, quien, "siendo rico, por nosotros se hizo pobre" (2Cor 8, 9) y quien, siendo Hijo de Dios, y Dios mismo, quiso parecer y ser considerado hijo de un carpintero; es más, no desdeñó pasar gran parte de su vida como carpintero. "¿No es éste el carpintero, el hijo de María?" (Mc 6, 3).

A partir de la contemplación de este Modelo divino, es más fácil comprender que el verdadero valor y nobleza del hombre reside en sus cualidades morales, es decir, en la virtud; que la virtud es, además, herencia común de los hombres, igualmente al alcance de altos y bajos, ricos y pobres; y que la virtud, y sólo la virtud, dondequiera que se encuentre, será seguida por las recompensas de la felicidad eterna. Es más, Dios mismo parece inclinarse más bien hacia los que sufren desgracias; porque Jesucristo llama "bienaventurados" a los pobres; invita amorosamente a quienes sufren dolores a acudir a Él en busca de consuelo (Mt 11, 28) y muestra la más tierna caridad hacia los humildes y oprimidos.


Estas reflexiones no pueden dejar de aplacar el orgullo de los ricos y animar a los desafortunados; mover a los primeros a ser generosos y a los segundos a ser moderados en sus deseos. Así, la separación que establecería el orgullo tiende a desaparecer, y tampoco será difícil lograr que ricos y pobres se unan en amistosa concordia.

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